Corría el año cuarenta y nueva en la ciudad de Rosario, donde residía. Concurría a la escuela primaria “Roque Sáenz Peña” en la calle Tucumán al ser recién llegado a esta ciudad tan populosa todo me llamaba la atención, ya que provenía de un pueblo de campo. Nos afincamos en calle Santa fe y España pegado a la casa de los Lagos (luego, escuela de danzas).
Todas las mañanas para asistir a clases lo hacía por distintas calles, donde me encontraba con típicos personajes de aquella época, el lechero: con su carro a caballo, el churrero: los carritos de mano con su inconfundible color rojo, la panadería de la Europea y las paradas estables de los vendedores ambulantes; pero en especial, uno de ellos que con el correr del tiempo serviría para hacer esta historia. Se llamaba, o lo apodaban “pataquero”; ofrecía la grande para mañana, pero cuando alguien se paraba para observarlos y a él le resultaba conocido le decía por lo bajo ¡no compres son viejos!. Sin ninguna duda te dabas cuenta que esos billetes sucios y alejados no podrían ser nuevos.
Tantas veces pasé junto a él; yo lo saludaba con respeto, y al final terminó por contestarme; después ya me paraba e intercambiábamos palabras, comenzaba a ganarme su confianza me contaba cosas de su vida de paria, que un chico como yo no podía entender. Más e una reprimenda me llevé porque al salir de la escuela llegaba tarde a casa. Mi cita a la salida era: Corrientes y Santa fe, no precisamente en la esquina, sino frente al “Barrilito de cerveza”, (un bar muy popular en aquellos años); ese día como siempre fui a su encuentro, tenía pocas ganas de hablar y me mandó a casa; me sentí ofendido, estuve dos días sin ir a verlo, al tercer día volví por la vereda de enfrente al llegar a L.T.2 salían, Mito García con su órgano y Federico Fábrega un ídolo del radio teatro de esos años.
De soslayo miraba la vereda de enfrente y vi que los ojos de “pataquero” se agrandaban como queriendo salir de ese rostro enmarañado de pelos largos y barba sucia. Lo ignoré pero a su vez quería que me saludara levantando la mano como lo hacía con los demás.
Ese rasgo de asombro me hizo creer que tendría la carta de triunfo y que nunca más me echaría cuando lo molestaba con mis preguntas.
Al día siguiente fui por la vereda de su parada y cuando (no sé por qué cauda) iba a seguir de largo, escuché que me decía -¡nene vení!- casi en tono imperativo, me detuve, pensé que me pediría disculpas, pero no fue así, al contrarío, me recriminó porque no pasaba por ahí y que no me iba a pedir plata y que era un engreído; en sus palabras, analizadas después de mucho tiempo, encontré más que recriminación su necesidad de proseguir con nuestras charlas y como resultado de éstas podría decirse que no desentrañaría un gran misterio.
-Sabés pibe qué pasa, tengo un amigo muy enfermo al que quiero mucho y en estos días no tenía ni pa’ comer; él es mucho más viejo que yo pero llevó una vida muy jodida; ese día que te mandé a casa le iba a llevar algunas monedas, pero eran las doce y nadie me había dado un centavo; ¡qué querés, estaba con los cables pelados!, no por mi, sino por el gallego, debe tener más de ochenta el viejo, yo siempre le hablo de vos y me dijo que quiere conocerte.
Aduciendo que se me hacía tarde me fui corriendo a casa que distaba a tres cuadras.
No me dijeron nada de mi tardanza, pues ese día por problemas con la cocina a querosene “Volcán” la comida también se había retrasado.
Yo no tenía amigos todavía a no ser por los compañeros de la escuela. A la tarde después de hacer lo deberes me puse a pensar en ese hombre, que a pesar de vivir en la indigencia, pensaba con ese sentido altruista como pocos, se me ocurrió hacer unos sándwiches para que se los llevara, pero como poco a poco lo iba conociendo creí que se ofendería.
Aquel sábado por la mañana no concurrí a clases así que con el pretexto de retirar un libro de la biblioteca Argentina me fui a verlo, no me llevó mucho el apunte estaba muy serio, y como yo también era de pocas palabras me quedé a su lado en silencio, de pronto comenzó a hablar y mientras se rascaba me hizo una propuesta que para mi sería la gran aventura; quería que fuera con él a Paganini, un pueblito cerca de Rosario y me dijo –tenemos que tomar el tranvía veinticinco que no s deja cerca del control y caminamos hasta cerca del horno de ladrillos por ahí tengo un rancho, así conocés al gallego é también quiere conocerte. Ya te lo dije ¡ese si que habla! Se vino de Europa para hacerse la América.
Le dije que si pero no muy convincente porque después de todo era un linyera y nuestros mayores nos inculcaban desconfianza hacia él. Y medio que me daba vergüenza ir con el tranvía con un tipo así, una cosa era tratarlo de paso y otra andar viajando con él. El “pataquero” comprendiendo lo que me estaba pasando con ese “si” dudoso se anticipó diciendo –yo me quedo adelante y vos te sentás atrás con el guarda, a la una me voy si querés venir, vení, yo no espero a nadie-. Me pareció sincero a pesar de mis dudas.
Di unas vueltas por la calle Córdoba, me paré a mirar la cartelera del cine “Palace”, cuando regresé ya tenía urdida mi mentira. Don Luis de la panadería “La Monumental” me necesitaba para que fuera a darle una mano en la limpieza de los vidrios y era creíble pues todos los domingos lo hacía. Almorcé ansiosamente y me fui c lo del “pataquero” o “pataqueño” (como también le decían). El había aceptado que yo le dijera “pata” y eso era un signo más de afecto que sentía hacia ese chiquilín que lo acompañaría a su rancho.
Cuando llegué ya estaba esperando el tranvía, pasaban pesadamente, el trece, el dieciséis, el cinco hasta que al fin apareció el veinticinco y lo tomamos. El viaje se hacia largo, hasta que llegamos al Centro Unión Almaceneros, creo que nos bajamos allí, no me acuerdo aunque no tiene mucha importancia, caminamos con paso lento el “pataquero” se afirmaba en el palo de escoba a modo de bastón; de pronto me asaltó la idea de volver, pues esos descampados lejos de casa me infundían miedo, pero hice un esfuerzo para no vulnerar mi valentía y seguí adelante. Habíamos hecho, unas veinte cuadras (calculo yo, por que en el campo no podés calcular bien) cuando “pataquero” me señaló el rancho. –Ahí vivo yo- no era un rancho como me lo había imaginado era una casa antigua de material sin revocar con techo de zinc, en un terreno todo arbolado descuidado y lleno de malezas. Afuera en la galería sentado en una silla de paja un señor que fumaba un pito o cachimbo y a su lado una señora muy mayor charlaba con él.
Y El “pataquero” dijo – ¡gallego! Te traje al pibe que tanto te hablé- le dijo con voz ronca, doña Juana que así se llamaba la Sra. Era una vecina que de tanto en tanto le alcanzaba un plato de comida al viejo; me sonrió y me dio una palmadita en la espalda. El viejo (el gallego como le decía el “pata”) era un hombre de tez blanca, dorada por el sol se notaba que en su juventud fue buen mozo, no muy alto o tal vez la vejez lo había achicado me preguntó muchas cosas: mi nombre si iba a la escuela, me miró en forma lejana como si el recuerdo lo traicionara me contó de una hija y de un nieto que jamás conoció. Contesté titubeando todas sus preguntas y después medio con temor le pregunté -¿usted es argentino?- eso bastó para que hablara de corrido casi media hora: -no, soy español, para decir mejor soy catalán en mi juventud era imp´rentero ya de mi oficio casi ni me acuerdo llegamos a la Argentina con otros compatriotas y la fuerza y el ímpetu que dan los años mozos; en Buenos Aires nos hacíamos el hotel de los inmigrantes hasta que después de quince días Salí para hacer valer lo que me había aprendido me tomaron una prueba y allí quedé forjando mis ilusiones, era un taller no muy grande, recuerdo que estaba por Pompeya. Mi mayor pasión fue la justicia por eso enseguida me hice simpatizante del movimiento anarquista. Desde mi puesto de trabajo veía a diario las injusticias los salarios de hambre y las interminables horas en los talleres. ¡Yo que vine a este país con mi noble oficio para forjarme un porvenir en diez años no había conseguido lo que anhelé! Es decir me había casado y tenía una niñita que me hacía olvidar un poco las frustraciones.
Así que me dedicaba con pasión a leerles a mis compañeros y asesorarlos instalándolos que se unieran para conseguir logros que no estaban vedados.
Un día dije basta, no aguanto más, hay que tomar el toro por las astas. La idea del atentado me carcomía los sesos, al fin la maduré y fue una tarde a mediados de agosto. Sabía que el coche que llevaba al presidente pasaría por la plaza San Martín, me senté a esperarlo, iba a hacer justicia por mi propia mano, sin bandera política quería un cambio y eso talvez se produjera con mi plan. Cerca de las dos y media de la tarde el coche se acercaba, corrí hacía él; extraje mi arma del bolsillo y cuando estuve junto apreté cinco veces el gatillo y ninguna de las balas salió. Al ver mi fracaso eché a correr perseguido por los custodios que venían detrás. Me apresaron; después de varios días de interrogatorio y torturas, pues querían saber para qué grupo trabajaba fui a parar con mis huesos a la penitenciaría nacional. Cinco largos años en que no hubo un día sin la idea de la libertad.
Nunca quise aliarme con otra gente para mis fines, pero esa vez tuve que hacerlo la idea de escapar se hizo carne entre los demás reclusos y conformamos un grupo de trece personas conmigo a la cabeza.
Realizamos el túnel que daría a los jardines de la cárcel, era diciembre, sudábamos la gota gorda, pasó la navidad y el Año Nuevo. Ya veíamos concretarse nuestro propósito y como regalo de Reyes el seis de enero de 1911 nos dimos a la fuga. Nos juramentamos que nadie debía saber dónde nos dirigimos ya que todos iríamos por distintos rumbos. Así que me eché a volar en alas de la libertad. Después supe que algunos fueron apresados, a mi tanto buscarme y no encontrarme con el tiempo, se olvidaron.
Han pasado más e cuarenta años y aquí estoy viejo, pobre pero libre. Se quedó en silencio, como diciendo que su relato había terminado. Quedé perplejo, ¿Qué habíavisto ese hombre en mi que con tanta vehemencia me contaba su historia? ¿Sabía que algún día plasmaría en unas hojas su relato? Doña Juana irrumpió con tono afable -Don Salvador le traje un tazón de leche con pan casero. El viejo parecía tener frío; igual a aquel día de agosto de 1905. Demás está contar las vicisitudes de mi regreso. “Pataquero” murió y o nunca volví a Paganini, en verdad nunca supe si era su casa pues al morir otros barrios se lo disputaban como personaje popular de esa época.
Estando en Buenos Aires leo un artículo sobre la muerte del presidente Kennedy en uno de sus aniversarios. Y como referencia, los atentados a presidentes argentinos fueron tres: Sarmientos, que en el momento se enteró pues su sordera se lo impedía; el segundo a Julio Argentino Roca, y cuán grande fue mi sorpresa y asombro al leer “El tercer atentado se produjo un doce de agosto de 1905 contra el presidente Manuel Quintana que salió ileso. Su ejecutor fue apresado y luego de permanecer cinco años en la cárcel logró fugarse con otros doce presidiarios. El evadido Salvador Enrique Planas y Virilla anarquista catalán, jamás fue apresaro…”
Me alegra mucho leerte online!, un placer como de costumbre.
En cuanto a la historía no me canso de decirlo, increíble historía si las hay!