Jean Pierre Duret

Un escritor en el mundo…

Increíble historia.

Corría el año cuarenta y nueva en la ciudad de Rosario, donde residía. Concurría a la escuela primaria “Roque Sáenz Peña” en la calle Tucumán al ser recién llegado a esta ciudad tan populosa todo me llamaba la atención, ya que provenía de un pueblo de campo. Nos afincamos en calle Santa fe y España pegado a la casa de los Lagos (luego, escuela de danzas).

Todas las mañanas para asistir a clases lo hacía por distintas calles, donde me encontraba con típicos personajes de aquella época, el lechero: con su carro a caballo, el churrero: los carritos de mano con su inconfundible color rojo, la panadería de la Europea y las paradas estables de los vendedores ambulantes; pero en especial, uno de ellos que con el correr del tiempo serviría para hacer esta historia. Se llamaba, o lo apodaban “pataquero”; ofrecía la grande para mañana, pero cuando alguien se paraba para observarlos y a él le resultaba conocido le decía por lo bajo ¡no compres son viejos!. Sin ninguna duda te dabas cuenta que esos billetes sucios y alejados no podrían ser nuevos.

Tantas veces pasé junto a él; yo lo saludaba con respeto, y al final terminó por contestarme; después ya me paraba e intercambiábamos palabras, comenzaba a ganarme su confianza me contaba cosas de su vida de paria, que un chico como yo no podía entender. Más e una reprimenda me llevé porque al salir de la escuela llegaba tarde a casa. Mi cita a la salida era: Corrientes y Santa fe, no precisamente en la esquina, sino frente al “Barrilito de cerveza”, (un bar muy popular en aquellos años); ese día como siempre fui a su encuentro, tenía pocas ganas de hablar y me mandó a casa; me sentí ofendido, estuve dos días sin ir a verlo, al tercer día volví por la vereda de enfrente al llegar a L.T.2 salían, Mito García con su órgano y Federico Fábrega un ídolo del radio teatro de esos años.

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